Cien años

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Cien años

En memoria de mi mamá,
Ma. Cristina Elízaga de Sosa de la Vega
En el centenario de su natalicio el 11 nov 18

Naciste el día del armisticio que terminó la Primera Guerra Mundial, y quizá fue una señal, pues nunca diste guerra, fuiste una niña dócil y buena, la favorita de tu mamá y de tu abuela ciega, que disfrutaba la visitaras para leerle y describirle recuerdos que guardaba en su cajón.
 
Ahí nació en tu corazón la semilla que fructificaría cuando conmovida por la necesidad espiritual de unas niñas invidentes que conociste, empezaste a darles catecismo, y cuando descubriste su carencia en materia de educación, escolar y especial, te lanzaste a fundar lo que sería un patronato que sostuvo cincuenta años dos casas hogar, para niñas y niños ciegos, en las que vivían entre semana, iban a la escuela, aprendían braille y recibían tu atención maternal. Sin descuidar tu hogar te las arreglabas para ir en las tardes a rezar con ellos y darles de merendar.
 
Te distinguía tu generosidad, donativo que recibías, donativo que compartías con otras obras de caridad.
 
Cuando tenías cuarenta y un años quedaste embarazada. Al examinarte el doctor dijo: ‘ni se cuide, esto no se va a lograr’, pero tú, con fe en Dios y encomendándote a María, guardaste reposo, aunque eras muy activa y tenías cuatro niños de cinco a trece años de edad. Y ¡heme aquí! ¡Gracias, mamá!
 
Aprovechabas bien el tiempo, decías que no sabías estar ‘mano sobre mano’. Recuerdo esas manos sacudiendo, zurcíendo montañas de calcetines, bordando mi nombre en el uniforme, cosiendo vestidos, para mí y para mi muñeca, tocando piano, rezando el Rosario. Nos hacías reír poniendo los dedos índice y medio de ambas manos como si fueran una pareja que bailaba tango. Con tu mano me aventabas un beso cuando me despedía y te sobabas la frente como si te hubiera pegado fuerte el que te lanzaba. Con esa mano me dedicaste mi primera Biblia, y me diste tu última bendición.
 
Hiciste tu Primera Comunión la víspera del cierre de iglesias durante la persecución religiosa, y desde entonces asistías diario a Misa. Tu ejemplo de fe, tus oraciones y tu oportuna intervención, ayudaron a mi conversión cuando me alejé de la Iglesia. Me daba ternura que fuiste luego la alumna más aplicada en mis clases de Sagrada Escritura.
 
Eras mi consejera, mi ‘mámager’, estabas siempre dispuesta a escuchar, a ayudar.
 
Tenías chispa y agudo sentido del humor, sabías hallarle el lado chistoso a todo.
 
Eras golosa (temo que ¡me lo heredaste!), disfrutabas las nueces recién garapiñadas y los algodones de azúcar de la feria de san Agustín; las gomitas de colores, los paletones. Muchas veces a medio guisado decías: ‘traca traca, ya no me entra’, pero al preguntarte si todavía tenías hueco para dulce de mamey, respondías que sí.
 
Te encantaba leer, viajar, ir al cine, los juegos de mesa, ver en la tele series viejitas y películas de Pardavé.
 
Este domingo hubieras cumplido cien años, y como cuando cumpliste noventa, hubieras pedido piñata y pastel con ratones de chocolate, y hubieras dicho: ‘¡híjole, mano!’, al ver tantas velitas que tendrías que soplar.
 
En familia nos reuniremos a agradecer a Dios el don de tu vida. Tú allá con papá, y nosotros acá, unidos en el amor. Ruega al Señor por nosotros y envíanos tu bendición.

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