Como Él nos ama

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Como Él nos ama

'Como yo te amo, como yo te amo, convéncete, convéncete, nadie te amará.'

Así empezaba una canción que fue muy popular hace unos años, y que a continuación daba las razones para tan contundente afirmación, asegurando: ‘es que yo te amo con la fuerza de los mares; yo te amo con el ímpetu del viento; yo te amo en la distancia y en el tiempo; yo te amo de una forma sobrehumana...’
 
Como arrebato romántico puede pasar, pero como expresión de una realidad no, pues cabe suponer que más de alguno que dedicó sentidamente a su amada estas palabras en ‘la hora de las complacencias’ del radio o cuando menos en un tocadiscos (si un chaval está leyendo esto pregunte a sus mayores en qué consistía ese aparato que hoy parece como de la prehistoria), muy posiblemente años más tarde le salió a esa misma dama con un: ‘vieja, quiero el divorcio’.
 
Y es que por más que nos guste hablar del amor humano en términos grandilocuentes la realidad es que no sabemos amar con la fuerza de los mares ni con el ímpetu del viento, qué va. No llegamos ni a olita, ni a brisa de ventilador. Nos quita la fuerza el egoísmo; perdemos el ímpetu en el camino por toda clase de consideraciones convenencieras y mezquinas.
 
Alguien podría preguntar: entonces dado que somos incapaces de amar de esa manera, ¿por qué soñamos con un amor así?, ¿por qué nos conmueve hasta lo más hondo imaginarnos ser amados de esa forma apasionada, total, desbordante, sin condiciones ni final? ¿Estamos condenados a anhelar una utopía, un imposible? La respuesta nos la da el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 15, 9-17), que contiene la mayor declaración de AMOR (y permítanseme las mayúsculas), habida y por haber.
 
Dice Jesús: “Como el Padre me ama, así los amo Yo” (Jn 15, 9).
Detente por favor y vuelve a leer varias veces esa frase, y mientras lo haces considera: ¿cómo crees que sea el amor de Dios Padre hacia Dios Hijo? No alcanza ni la mente ni el corazón para empezar siquiera a vislumbrarlo; sólo se puede intuir que sin duda es un amor pleno, perfecto, desde siempre y para siempre. Al contrario de lo que nos pasa a nosotros, que las palabras de la canción citada al inicio nos quedan demasiado grandes, a Dios le quedan extremadamente chicas, porque lo que en términos humanos suena a exageración, se vuelve nada cuando se piensa en términos divinos.
 
Aquel que creó el universo entero ama con una fuerza infinitamente por encima de la del mar y el viento, el tiempo o el espacio; ama con un poder más allá de lo cósmico; con un ímpetu indestructible; no hay palabras que le hagan justicia, no hay términos que puedan describirlo. Por eso resulta absolutamente estremecedor que Jesús declare que como el Padre lo ama así nos ama Él.
 
¿Te das cuenta? Tenemos aquí por fin ese amor extraordinario, pleno, sobrenatural, que en este mundo no logramos ni dar ni hallar; un amor que de verdad nos sacia, que llena ese hueco que tenemos en el alma y que nada ni nadie puede colmar. Aquí sí que puede decir Dios: ‘Como Yo te amo, convéncete, convéncete, nadie te amará’. Es como para llorar de alegría, o ponerse eufóricamente a dar saltos de gusto. No por nada comenta Jesús: “Les he dicho esto para que Mi alegría esté en ustedes y Su alegría sea plena” (Jn 15,11).
 
¡De verdad sabernos amados de ese modo produce un gozo indescriptible! ¿Qué hicimos para merecer semejante amor? Nada. Es gratuito, eterno, incondicional. Ah, pero ello no significa que no podamos hacer algo para disfrutarlo mejor, algo para no ir a caer en el error de dejar de aprovecharlo.
 
¿Qué podemos hacer? Pide Jesús: “Permanezcan en Mi amor”.(Jn 15,9b), y aclara en qué consiste esto: “Si cumplen Mis mandamientos, permanecen en Mi amor; lo mismo que Yo cumplo los mandamientos de Mi Padre y permanezco en Su amor.” (Jn 15, 10). Y ¿cuáles son esos mandamientos que estamos llamados a cumplir para permanecer en Su amor? Nos los resume Él mismo en uno solo: “Éste es Mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como Yo los he amado” (Jn 15,12). Cabe hacer notar que ya no pide, como en la antigua ley: “amar al prójimo como a uno mismo” (Lev 19,18) -y la verdad, qué bueno, pues como uno no suele amarse a sí mismo, pobre del prójimo si lo amáramos así-. Pide amar como Él nos ama, es decir, como lo ama el Padre, con el amor más grande, con un amor capaz de entregar la vida (ver Jn 15,13).
 
Dicen que nadie puede dar lo que no tiene. Aplicado esto aquí nos deja sin argumentos, sin pretextos, sin razones para excusar nuestra raquítica manera de amar. Aquel que nos ha inundado con Su amor, nos pide simplemente una cosa: dar lo que nos ha dado a raudales; compartir ese amor, aprender a amar, no con la fuerza de los mares ni con el ímpetu del viento, eso es demasiado poco. Nos pide amar como nos ha capacitado para hacerlo. Nos pide amar como Él nos ama.
 
*Tomado de mi libro electrónico: ‘Como Él nos ama’, Ediciones 72, p. 78. Disponible en amazon.
 

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