Confiar y perdonar

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Confiar y perdonar

Es un viejo truco. Que una persona que quiere hacer daño a un grupo de gente, trate de introducirse en éste, fingir amistad y buena voluntad, averiguar todo lo que pueda, por ejemplo quiénes forman el grupo, dónde viven, en dónde y a qué hora se reúnen, etc. y luego use esa información para hacerles daño.
 
Eso pensaban de Pablo los discípulos de Jesús. Sabían muy bien lo que había hecho: que entraba a las casas y se llevaba a los cristianos para meterlos en la cárcel (ver Hch 8, 3), que aprobó la muerte de Esteban (ver Hch 7, 57-8,1), en fin, que era un verdadero enemigo suyo. Y de buenas a primeras llegó aparentemente muy cambiado. Claro, nosotros sabemos que ese cambio tan repentino era auténtico y se debió a que Jesús se le apareció en el camino (ver Hch 9, 1-19), fue una verdadera conversión, pero ellos no lo sabían.
 
La Primera Lectura que se proclama en Misa este domingo (ver Hch 9, 26-31), dice que cuando “Pablo regresó a Jerusalén, trató de unirse a los discípulos, pero todos le tenían miedo, porque no creían que se hubiera convertido en discípulo”.
 
Pobrecito Pablo, me da ternura imaginar que venía todo emocionado, con ansias de formar parte de la primera comunidad cristiana, y cuando se acercaba a algún grupito de discípulos, seguramente éstos se quedaban callados, se despedían, tal vez diciendo: ‘no vemos donde quedamos’, sin dar mayores pistas para que él no fuera a presentarse allí.
 
Ay, quién sabe por qué nos resulta tan difícil creer que una persona pueda cambiar. Nos la pasamos pidiéndole al Señor que la cambie, que la convierta, y cuando lo hace, ¡dudamos! Decimos: ‘naaaa, la gente no cambia’,  ‘se me hace que su cambio es puro cuento’, ‘no tarda en volver a las andadas’.
 
Dejamos que nos gane la desconfianza, o el resentimiento, o el dolor por las heridas causadas por esa persona, y nos resistimos a creer que Dios haya podido intervenir en su vida para transformarla. Nos negamos a darle una oportunidad.
 
Y lamentablemente ello puede propiciar que suceda lo que temíamos, que la persona regrese a ser como era, pensando ‘¿qué caso tuvo que cambiara?, de todos modos nadie me quiere ni me cree, mejor sigo en las mismas de antes’.
 
Afortunadamente en el caso de Pablo, la gracia de Dios tocó muchos corazones.
 
Ya el hecho de que hubiera podido regresar a Jerusalén, se debía a que unos hermanos cristianos creyeron en él y él en ellos. Cuando, como todos los recién convertidos, se lanzó a predicar encendido de amor por Cristo, sus antiguos cómplices, los enemigos de los cristianos, pensaban que los había traicionado convirtiéndose en cristiano, y planearon matarlo. Los cristianos se enteraron, y es notable que ninguno dijo: ‘qué bueno, que lo maten, así nos deshacemos de este hombre que nos ha hecho tanto daño’, sino que arriesgando su propia vida, lo descolgaron por una de las murallas de la ciudad, metido en una cesta. ¡Qué extraordinario que quisieron ayudarlo!, y ¡qué extraordinario también que él se dejara ayudar!, porque pudo haber pensado: ‘ajá, sí, cómo no, ya parece que me voy a meter en esa cesta para que éstos se venguen de todo el mal que hice, y me avienten al precipicio’. Pero no fue así. También confió. Entró en la cesta y sintió cómo ellos lo iban bajando, bajando, muy cuidadosamente, hasta que tocó tierra y pudo huir corriendo y salvar su vida.
 
Y cuando Pablo llegó a Jerusalén, y nadie quería juntarse con él, de nuevo hubo alguien que le creyó y quiso ayudarle: Bernabé, quien sin duda gozaba del respeto y la estimación de los discípulos, pues la Biblia dice que “tenía un campo; lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles” (Hch 4, 37), es decir, con gran generosidad se desprendió de un gran bien material, para beneficiar a la comunidad, y, más adelante se nos dice que era “un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe” (Hch 11, 24).
 
Bernabé conoció la historia de la conversión de Pablo, probablemente se la contó él mismo, y la creyó. Dice la Lectura que “Bernabé lo presentó a los apóstoles y les refirió cómo Saulo había visto al Señor en el camino, cómo el Señor le había hablado y cómo Él había predicado en Damasco, con valentía, en el nombre de Jesús.”
 
(Nota: Saulo era su nombre judío; pero como era ciudadano romano, también tenía el nombre de Pablo, y a partir de su conversión comenzó a usar este nombre, seguramente para distanciarse de aquel otro nombre con que era conocido cuando perseguía a los cristianos).
 
Y cuando Pablo llegó huyendo de unos que lo querían matar por lo que predicaba, y siguió predicando (no era necedad, es que no podía callar porque, como el profeta Jeremías, tenía un fuego interno que no lograba apagar -ver Jer 20,9), y otros también lo quisieron matar, los hermanos cristianos otra vez lo salvaron despachándolo a Tarso, su ciudad natal.
 
Cuánto le ayuda a una persona que ha decidido cambiar para bien; por ejemplo, dejar un vicio, o una mala actitud, que le crean Y en cambio, cuánto le desanima que se dude de sus buenas intenciones o se le pregunte incrédulamente en voz alta: ‘¿cuántas veces he oído eso?’.
 
Y qué importante también que no sólo se crea en su buena intención, sino se le otorgue el perdón.
 
Cuando se juzga con amorosa prudencia, y se tienen bases para creer que alguien en verdad ha cambiado, devolverle la confianza y perdonarle son dos condiciones indispensables que permiten reconstruirse, empezar de ceros, borrón y cuenta nueva.
 
Si Pablo no hubiera contado con aquellos hermanos que lo descolgaron, y con Bernabé, que lo introdujo en la comunidad, quién sabe qué hubiera pasado. Pero contó con ellos.
Calladamente, sin pensar que estaban haciendo algo grandioso, unos cuantos cristianos cambiaron la historia, porque en su corazón no permitieron que albergara la desconfianza ni el resentimiento. Y ese pequeño gesto, que tal vez ellos consideraron insignificante, tuvo incalculables consecuencias, porque permitió que Pablo salvara la vida y se convirtiera en un súper apóstol que se lanzó, con el corazón encendido, a evangelizar todo el mundo conocido.
 
Confiar, perdonar, ¡qué importante para dar a alguien, ¡a muchos! la oportunidad de volver a empezar!

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