Ejercicio de sinceridad

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2020

Cada año frente a las luces del árbol de Navidad y muy cerca del nacimiento reflexiono con una taza de té en la mano, mientras saboreo esta bebida dejo que mi mente haga un recuento acerca de todo lo vivido en el año, el aprendizaje y todo aquello que resultó de manera diferente a lo planeado. Se trata de un ejercicio de sinceridad donde puedo descubrir la presencia de Dios en mi vida, descubro que las cosas salieron como Él lo dispuso y que a veces mi manera de pensar no tuvo nada que ver con lo planeado y mucho menos con el resultado.

Voy avanzando, pero Dios lleva el rumbo de todo esto. La dirección es clara, yo simplemente me dejo llevar, sus planes me han permitido conocer a personas de gran valor, por su manera de ser, sus conocimientos y por sus acciones; gracias a todos ellos por enseñarme que existen seres humanos comprometidos con esta humanidad. Este año no dejó pasar ninguna oportunidad para alegrarme, entristecerme, enojarme y hasta preocuparme (estoy seguro que también les sucedió a los lectores) hubo momentos en los que parecía que no iba a ninguna parte y en otras ocasiones sentía que debía acelerar para poder llegar. Al final, eso es la vida, lenta y a veces tan rápida que dejamos pasar aspectos importantes y vitales.

Un año más de experiencias y aprendizajes, tiempo para darme cuenta que debo aprovechar cada día con intensidad y aunque muchas veces pienso que hay días rutinarios, nunca ningún día es igual a otro, lo aseguro categóricamente. He aprendido a conocer más a Dios y lo comento con humildad, comienzo a saborear su hermosa voluntad y sus inefables planes, me percato de su presencia casi imperceptible y luego me sorprendo con su misma presencia arrolladora. Así es su amor, nos sorprende de las maneras más auténticas, creo que así le gusta. Estoy a punto de concluir con mi taza de té (manzanilla endulzada con miel) uno de esos placeres que sólo hago al cierre de año, en general siempre apresuro cualquier bebida para realizar otras actividades, esta acción me invita a tomar una decisión: este año 2020 me daré el tiempo para saborear más tazas de esta bebida que percibo me hace tanto bien hasta a mi estado de ánimo.

El ambiente me hace pensar en una fe madura, algo profundo pero vivido en carne propia, amar a Dios es conocerle y desde hace algunas décadas me propuse a hacerlo y ahora veo algunos frutos. Una fe que comienza a mirar a sus semejantes con amor, a pesar de nuestras miserias y limitaciones, fe que me mueve a amar a los míos como el reflejo de Dios en mi vida, fe madura que me permite afrontar los problemas con esperanza. Una fe que comienza a crecer en mí como el fruto de cualquier árbol sin siquiera percibirlo, tampoco es querer hablar de ella, más bien, es sentirla y saber que está madurando (sensación extraña lo confirmo) se acabó mi té, como la vida también se acaba y como esta columna también tendrá su final y eso es lo que hace que la vida sea interesante, cuando en un ejercicio de sinceridad puedo descubrir que todo está conectado, una taza de té, la vida, Dios y mi fe. Será que estoy disfrutando como en ninguna otra etapa de mi vida con una intensidad única, tal vez.  

Cada mañana se renueva; ¡qué grande es tu fidelidad! Lamentaciones 3,23

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