Levántate y come

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Levántate y come

¿Te ha sucedido que estás pasando por algo tan fuerte, una situación tan difícil, que te rebasa a tal grado que lo que quisieras es morirte o meterte en tu cama, hacerte bolita bajo las cobijas y no salir de allí?
 
Al parecer así se sentía el profeta Elías, pero como él no tenía cama para arrebujarse bajo sus cobijas, lo que hizo fue acostarse bajo un árbol y echarse a dormir, no sin antes decirle a Dios que se quería morir.
 
¿Qué le pasaba?, ¿por qué se sentía así? Porque venía huyendo de la malvada reina Jezabel, esposa del rey Ajab, que estaba furiosa porque Elías había puesto en ridículo y mandado matar a los profetas del falso dios Baal, al que ella y su marido rendían culto (ver 1Re 18, 20-40), y ella había jurado vengarse y asesinarlo.
 
Elías había estado huyendo, pero llegó un momento en que se sintió harto, agotado.
 
La Primera Lectura que se proclama en Misa este domingo (ver 1Re 19, 4-8), narra que “caminó Elías por el desierto un día entero y finalmente se sentó bajo un árbol de retama, sintió deseos de morir y dijo: ‘Basta ya, Señor. Quítame la vida’...” y dice que “después se recostó y se quedó dormido”.
 
¿Te imaginas la escena? El pobre Elías había estado caminando toda una jornada atravesando el desierto. La arena le quemaba los pies, el sol le achicharraba la cabeza, y se sentía tan temeroso y tan agobiado por el calor y el cansancio que hubo un momento en el que sintió que no podía más, pensó que hasta ahí llegó, que ya no tenía ni fuerzas ni ganas de continuar. Y se echó allí, en la mitad de ningún lado, sintiéndose solo, desesperado, tal vez incluso un poco defraudado por Dios, del que hubiera cabido esperar que lo librara de la reina, por ejemplo mandando un rayo que la chamuscara, como mandó antes uno para consumir la ofrenda.
 
Pero Dios no lo había abandonado.
 
Dice la Lectura que envió a un ángel a despertar a Elías y a pedirle: “Levántate y come”, en otras palabras, no te quedes tirado, no te rindas, recobra el ánimo y las fuerzas.
 
Pensaríamos que era una extraña propuesta. Estando Elías en el desierto, ¿qué iba a comer?, ¿de dónde iba a sacar agua para beber? Pero hay que recordar que para Dios no hay imposibles, y que en Su amorosa Providencia es infinitamente más creativo y detallista de lo que podríamos jamás imaginar.
 
Dice la Lectura que “Elías abrió los ojos y vio a su cabecera un pan cocido en las brasas y un jarro de agua.” ¿Te imaginas? ¡Que delicia! Hasta acá me llega el inigualable aroma de pan recién horneado, calientito, crujiente, y cabe suponer que esa agua ha de haber estado tan fresca que a Elías, que de seguro tenía la garganta reseca, le ha de haber sabido a gloria.
 
Elías comió, bebió y se volvió a dormir. Por segunda vez el ángel del Señor lo despertó y le dijo: “Levántate y come”. En el texto litúrgico dice que añadió: “porque aún te queda un largo camino”. Pero en la Biblia viene otra traducción que resulta más significativa, pues el ángel aclaró: “el camino es superior a tus fuerzas”.
 
Es decir, que Dios, sabiendo que lo que Elías debía andar era demasiado para él, que con su propia fuerza no le bastaba, le envió el sustento necesario para que pudiera afrontar lo que le esperaba.
 
Y concluye la Lectura diciendo que: “Se levantó Elías. Comió y bebió. Y con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.
 
¡Qué relato tan consolador!
 
He aquí alguien que había tocado fondo en la desesperanza, que ya no quería vivir, que se sentía completamente desamparado y solo, pero no lo estaba. Dios no lo había olvidado. Dios estaba pendiente de él y, como siempre, intervino oportunamente y para bien. Puso a disposición de Elías justo lo que éste requería para proseguir el larguísimo trecho que le faltaba.
 
Y no puedo evitar preguntarme: ¿qué hubiera pasado si Elías se hubiera despertado, hubiera visto al ángel, le hubiera echado un vistazo al pan y al agua y hubiera dicho: ‘no gracias, no tengo hambre’, se hubiera volteado para el otro lado y hubiera seguido acostado?
 
Podemos imaginar la sorpresa del ángel y el desconcierto de Dios. Pero ninguno hubiera forzado a Elías a comer y a beber. Aceptar era su decisión, y aunque a Dios le hubiera dolido que Elías hubiera rechazado lo que le ofrecía, hubiera respetado su libertad, como respeta la tuya y la mía.
 
Trasladando esta historia a nuestra existencia, podemos compararnos con Elías en más de un aspecto.
 
También nos hemos visto muchas veces perseguidos por enemigos, por tentaciones, por malos ejemplos, por nuestras propias tendencias al pecado.
 
También nos hemos llegado a sentir agobiados, tal vez desesperados, ante un problemón que con nuestras propias fuerzas no logramos resolver.
 
Y quizá, como Elías, hemos tocado fondo, nos hemos querido morir, hemos querido darnos por vencidos o nos hemos querido evadir, tal vez en alguna adicción, o hemos caído en depresión.
 
Y tal vez nos creímos solos, abandonados por Dios, sentimos que no le importamos. Pero nos equivocamos.
 
Dios nos ha enviado, no a un ángel, no un alimento y una bebida que nos nutran sólo cuarenta días. ¡Nos ha enviado a Su propio Hijo, que nos ha entregado Su Cuerpo y Su Sangre para que tengamos vida!
 
No es casualidad que en este mismo domingo, leamos en el Evangelio (ver Jn 6, 41-51) que Jesús habla de Sí mismo como “pan vivo que ha bajado del cielo” y afirma que “el que coma de este pan vivirá para siempre”.
 
¡He aquí un alimento infinitamente superior al que recibió Elías! ¿Sabemos valorarlo?, ¿aprovecharlo?, o como en esa impensable posibilidad que planteaba arriba, nosotros sí nos volteamos para otro lado y preferimos seguir durmiendo?
 
Desgraciadamente ha sucedido, y sigue sucediendo.
 
Pensemos, por ejemplo, en los novios que se casan. Comulgan en su boda, pero y ¿luego?, ¿siguen yendo a Misa, siguen comulgando? Muchos de ellos no. Ponen mil pretextos, que tienen que ir al súper, bañar al perro, que el domingo es su día de descanso. Y cuando los problemas los agobian, sucumben, se separan, se divorcian. Por sí mismos no tuvieron la suficiente fuerza para seguir caminando juntos. Rechazaron el pan de vida que los hubiera fortalecido para luchar por su matrimonio.
 
Otro ejemplo: Los niños hacen su Primera Comunión, y ¿luego?, ¿los siguen llevando sus papás a Misa? A muchos no. Y cuando crecen, algunos se vuelven ateos, otros agnósticos, otros se van con los hermanos separados, y en todos los casos se mueren de hambre, porque sólo en la Iglesia Católica, la única fundada por Cristo, está Él Presente en la Eucaristía, Pan Vivo bajado del cielo.
 
También da mucha pena que en Misa, al momento de la Consagración, algunos se sienten, otros miren su celular, muchos no tengan ni idea de que allí frente a ellos, en el altar, está llegando, no un ángel con pan y agua, sino ¡Cristo mismo, para entregársenos como alimento! Da tristeza que muchos que podrían comulgar, se abstengan, y otros comulguen sin estar preparados ni saber lo que hacen.
 
¡Es hora de despertar! ¡Levántate y come! Disponte adecuadamente para poder comer este Pan que el Señor no sólo te da, sino en el que se te da. Es el único capaz de darte la fuerza para que puedas sobreponerte a todo obstáculo, a toda dificultad, a toda pena, y caminar y caminar sin claudicar, hasta la vida eterna.

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