Y fueron felices...

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Aquí empieza lo de ‘y fueron felices para siempre’.
 
Así decía una cartulina que sostenía un chiquillo de frac, paradito junto a una nena que arrojaba pétalos a unos recién casados que salieron al atrio a recibir abrazos.
 
Y cabe preguntarse, ¿de veras serán felices para siempre?
 
¿De qué depende? Las estadísticas muestran que hay tantos divorcios entre católicos como entre no católicos. ¿Significa que no hay que casarse por la Iglesia? ¡Claro que no! Significa que no hay que considerar que casarse por la Iglesia es lo único que hay que hacer. No basta solamente con tener presente a Dios un momentito, el día de la boda, y olvidarse de Él el resto de la vida.
 
Si los novios de veras quieren ‘ser felices para siempre’, no deben limitarse a pensar que casarse por la Iglesia es un trámite aislado, un rito para lucir el traje y disfrutar un fiestón.
 
La felicidad ha de empezar a construirse mucho antes, y seguir construyéndose después.
 
Debe iniciar con una pregunta: ‘¿Me dio Dios vocación al matrimonio? Si la respuesta es ‘sí’ y la persona conoce a alguien que le gusta, debe hacerse otra pregunta: ‘¿es la persona que Dios ha destinado para mí?’
 
Es que el amor no es un virus del que alguien se contagia sin poder evitarlo. Empieza con un interés, una atracción, lo que da oportunidad de parar o continuar. De ahí que sea relevante preguntarse, con miras al futuro: ¿su carácter, sus costumbres, su forma de vivir, permite preveer que podrá ser buen cónyuge, y atender y criar bien a su familia?
 
Si la respuesta es positiva, se avanza hacia el noviazgo, etapa clave para sentar las bases de la futura felicidad del matrimonio, tiempo ideal para conocerse, y, ojo: para platicar, no para fornicar. Tener relaciones sexuales a estas alturas no sólo es pecado grave que rompe la amistad con Dios, sino también puede hacer pensar a los novios que son compatibles, pues son buenos amantes, cuando en realidad no tienen nada en común (por no mencionar otros problemas que se presentan).
 
El noviazgo ideal es aquel en el que además de tomarse de la mano entre sí, los novios se toman de la mano de Dios. Aprenden a orar juntos, a ir a Misa juntos, a encomendarse cada día a la intercesión de María.
 
Y cuando llega el momento de plantearse si deben casarse, lo fundamental para su futura felicidad, no es preguntarse ‘¿él, ella, me va a hacer feliz?’, sino plantearse: ‘le amo tanto que quiero dedicar mi vida a hacerle feliz’. Es un enfoque totalmente distinto.
 
En el primer caso, la pregunta es egoísta, muestra que la persona quiere casarse esperando sólo recibir, que le den (placer, seguridad, bienestar, etc.).
 
En el segundo caso, el planteamiento muestra que la persona quiere casarse esperando dar. Y ése es el secreto de la verdadera felicidad. Jesús dijo: “Hay más felicidad en dar que en recibir” (Hch 20, 35).
 
Es entonces que resulta indispensable casarse por la Iglesia, no por el vestido, las fotos o la fiesta, sino para que los novios pidan a Dios la gracia de poder amarse con el amor con que los ama Él, amarse con un amor que lo dé todo sin esperar nada a cambio, un amor como el que describe san Pablo en 1Cor 13, un amor que se pueda mantener, con la ayuda divina, en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, es decir en las buenas y en las malas, toda la existencia.
 
Ahora bien, hay que decir que aunque recibir el Sacramento del Matrimonio es esencial, un verdadero diluvio de gracia y bendiciones para que los nuevos esposos puedan ser felices, no basta con recibirlo, hay que aprovecharlo. Sucede como con los regalos que los novios recibieron, no sirven si los arrumban, deben abrirlos y disfrutarlos. Los esposos deben seguir orando juntos, asistir a Misa, confesarse, rezar el Rosario, encomendar su hogar a la Sagrada Familia.
 
Los novios que de veras quieren ser felices para siempre, no se conforman con casarse por la Iglesia, sino que también, mucho antes y toda la vida después, caminan de la mano del Señor, que los conduce y los sostiene con Su amor.

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